miércoles, 1 de diciembre de 2010

¿Cómo debe cruzar una bicicleta un paso de peatones?

Es la cuestión más repetida en las conversaciones en las que se habla de bicis en la ciudad. Esa y ¿por qué los peatones andan por el carril bici? Como la segunda ya tuvo su espacio en una entrada anterior en este mismo blog, hablemos de la primera.

El mero hecho de tener que tratar esta cuestión ya es curioso. Curioso por anómalo. Porque encierra otra cuestión de mayor calado de la que normalmente no se quiere hablar que es:

¿Qué hace una bicicleta tratando de cruzar por un paso peatonal?

Que no es poco. Le hemos dado tantas vueltas a la tortilla de la ciclabilidad que ya no sabemos de qué lado está. Y somos capaces de meternos en disquisiciones eternas sobre si tiene o no preferencia, sobre si tiene que parar y bajarse o si tiene que reducir la velocidad y continuar la marcha pedaleando. Demencial. Ya nadie cuestiona que las bicicletas aparezcan en los pasos de peatones y lo hagan como protagonistas.

En tan sólo 5 años hemos sido capaces de desvirtuar tanto el tema de la bicicleta que nos hemos quedado atrapados en un bucle del que no está demasiado claro que queramos salir. La lógica que lo defiende es lineal:

Miedo > Inseguridad > Protección > Reglamentación > Castigo al infractor

Es una fórmula irracional, perversa e interesada, y en lo que respecta a nuestra ciclabilidad comporta toda una serie de vicios y justificaciones que, por repetición, ya nos empiezan a sonar. Necesitamos defendernos de las incertidumbres, entendemos el riesgo como amenaza y no como oportunidad, acabaremos deduciendo que el equilibrio es el riesgo a caerse más que el balance que nos posibilita movernos con agilidad.


Pero volviendo a la cuestión. Una bicicleta o mejor dicho un "carribicista" o un "cicleatón" (por diferenciarlos del que circula por la carretera, que no tiene estos problemas) debería cruzar un paso de peatones como un peatón, es decir, a pie. Es fácil: desmontar y pasar.

El problema es que se ha normalizado tanto la circulación por aceras (incluidas las aceras bici) que la cuestión empieza a tener su enjundia porque para poder unir dos aceras en la mayoría de los casos tendremos que cruzar una calzada. Y como no hay pocas... Las tribulaciones de los distintos ayuntamientos involucrados en la regulación de la circulación de bicicletas y peatones han dado resultados dispares, muchos de ellos disparatados. Pero no han conseguido unificar criterios. Ahora parece que la Dirección General de Tráfico quiere meter mano en el asunto para acabar con el caos producido por esta discrecionalidad, pero me temo que el problema seguirá subsistiendo.

El verdadero tema de fondo es que seguimos sin querer meter mano de verdad al tráfico motorizado y condicionarlo con determinación para así poder tranquilizarlo y demostrar que la convivencia es posible entre vehículos en la inmensa mayoría de las calles de nuestras ciudades, y que, en el resto, bastaría con definir mejor los espacios y las prioridades de circulación. Mientras tanto peatones y ciclistas siguen pugnando por un espacio destinado a los primeros e invadido por los segundos. Y lo peor de todo, siguen siendo atropellados impunemente en los pasos de cebra, auténticas trampas mortales en un mundo que sigue mirando a otra parte cuando se habla de ello.

Por suerte, aún hay ayuntamientos como el de Oviedo o el de Reus que no han perdido el norte y abogan por fórmulas naturales en medio de tanto artificio.

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